LAS ANÉCDOTAS DE «MELÓN» – Parte 2

Por Luis Ángel Silva “Melón” (Ciudad de Mexico)

Mi estimado semi tocayo: Fue una grata sorpresa recibir tu llamada y la petición de otra colaboración, lo cual hice con mucho gusto, aunque tuve que luchar con mi Alka-Seltzer. Te platicaré de algunos soneros y mi cercanía con ellos (hasta donde alcance el espacio). Empezaba a tratar de iniciar mi trayectoria sonera, cuando los amigos que me dieron la oportunidad de formar parte de mi primer amor sonero, Los Guajiros del Caribe, me llevaron al Salón Brasil donde actuaban la orquesta del Caballero Antillano Arturo Núñez y sus cantantes Lalo Montané y Benny Moré, mexicano el primero.

Era el último set, el salón lleno a capacidad y un público ávido de bailar o escuchar son cubano de liga mayor y éste, tu asere, sin perder detalle, embobado observando cómo los músicos iban ocupando sus lugares. Era la primera vez que tenía la oportunidad de escuchar en vivo aquello que había deseado por tanto tiempo.

Benny regresaba al Distrito Federal después de hacer una temporada en Tijuana y traía el cabello quemado por el sol, dando la impresión de estar teñido. En el radio sonaba La televisión, primer éxito en México de La voz de oro de Cuba, que más tarde se conocería como El Bárbaro del Ritmo. Cuando subió al escenario algo lo hizo aparecer diferente. Lalo y Benny formaban el Dueto Antillano que, tiempo después, se hiciera famoso como Dueto Fantasma.

Antes de empezar la música, se aparecieron músicos de otras agrupaciones a saludar a sus compañeros, lo que dio la impresión que más que saludo, rendían pleitesía a esa orquesta que poseía el don del sabor. La música sonó y empezó aquello que para mí era algo celestial. Ese son montuno era El Sonero de Barrio se complace en contar nuevamente con la colaboración de don Luis Ángel Silva “Melón”; el maestro mexicano nos cuenta anécdotas y situaciones que enriquecen la historia de la música del Caribe, la transcribimos tal como la envió a nuestro director Juan Carlos Ángel, disfrútenla. Baltasar tiene un pollo y Benny le puso algo muy particular: “y los pollos me decían, Moré/ contigo no pue’o (sic) bailar/ porque el rey de la cintura/ es el viejo Baltasar”.

Llegó el montuno y escucharlo inspirar (sonear dicen en Borinquen) fue bocado de cardenal. Lo demás, imagíneselo usted porque yo tengo que ir al baño.

Otro figurón con el que compartí ratos muy agradables, fue Mister Babalú, el genial Miguelito Valdés, al cual escuchaba desde niño en programas por la XEB, con Margarita Romero y el Jibarito Rafael Hernández. Quién me iba a decir que con el tiempo grabaría para él, tocando el güiro y haciéndole coro, así como compartir tarima con este señor de todos mis respetos y admiración. Simplemente, conversar con él era como ir a la escuela.

Coincidí con Miguelito en Los Ángeles, Panamá, Nueva York y, por supuesto, en México. Pero, te voy a relatar un detalle que lo pinta como fue. En Panamá Miguelito tenía un hijo llamado Juan Manuel, al cual le decían Chengue, que a su vez tenía un amigo con el sobrenombre de Montana, pues, ambos se disputaban los favores de una pasiera que paraba el tráfico y era cajera de un bar. Al oírlos discutir sobre quién sería el triunfador, a Miguelito no le gustó la forma y nos dijo a Manolo, trompetista de Lobo y Melón, y a mí, que les iba a estropear el asunto.

El bar estaba en la zona del canal y nos trasladamos en el carro de Montana, que estaba en estado lamentable. Llegamos y la jeva en seguida demostró admiración por Mister Babalú y éste, ni tardo ni perezoso, comenzó su faena. Apareció una guitarra y esto fue escuchar una tras otra las composiciones de don Miguel enlazadas con las de Luis Demetrio, José Antonio Méndez, Álvaro Carrillo, Pepé Delgado y otros más, haciendo que la pasiera se derritiera como terrón de azúcar.

Cuando llegó la hora de cerrar, Chengue, Montana, Manolo y un servidor, tuvimos que regresarnos en taxi tomando las cosas con sentido del humor y cantando “a que me llevo esa prieta”, porque Miguelito se llevó hasta el coche de Montana.

Espero que esto, si no te gusta, por lo menos te entretenga y como siempre, que te destroce la dicha y te atropelle la felicidad. ¡Vale!

 

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